Valorar el hospital público, a sus médicos y enfermeros, en primera persona

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“Llévelo al hospital…”.  El pedido sonó en principio imperativo, pero en realidad era un consejo.

Estaba con mi hijo en brazos, casi desvanecido. Le pedía al pequeño, a cada instante, no te duermas, y mi excusa era: Si te ven así van a pensar que estás muy mal. No escuchó, cerró sus ojos, se acomodó como pudo entre mi hombro y cabeza, y se durmió, pálido. No estaba bien.

La escena era registrada en la sala de espera de la Clínica Cerhú de calle Maipú de la ciudad de San Luis por el joven que estaba en la mesa de entrada. Su primera pregunta, obvio: “¿Tiene obra social?”, sí, fue la respuesta. Me dice cuál?, le respondo y me advierte que el médico de guardia está en una urgencia, que tengo para unos 20 minutos de espera. Decido irme.

Llego al Sanatorio Rivadavia. Ni siquiera esa respuesta.

Vuelvo al Cerhú, la misma escena. “El único médico de guardia está ocupado, tiene para unos 20 minutos más”. Otra vez, la misma respuesta del joven de la mesa de entrada, que empieza a llamar por teléfono a un interno que nunca contestan. Decorosamente dice: no puedo ubicar al doctor, tiene para un rato.

El fastidio en mi rostro era más que evidente. La dolencia no era mía, pero cualquier padre o madre, aunque a su hijo le duela sólo la panza, mueve cielo y tierra para que lo curen.

El asistente al advertir que su respuesta no era la adecuada para la situación, se puso el barbijo y  me recomendó, tras mi insistencia: “Llévelo al hospital…”.

Fue lo más correcto que escuché este sábado. Debí haber empezado por ahí, por el hospital público. Por nuestro querido “Hospital San Luis” o “Policlínico” como lo conocemos quienes pasamos los 50.

Del Cerhú hasta el Hospital llegué en unos 10 minutos. Bajé con el pequeño en brazos y me dirigí a la “Mesa de Entradas”. Primera pregunta: “¿Qué le pasa?”, segundo interrogante: “¿Cómo se llama?”. Aguarde unos minutos… Fueron en realidad exactamente 5 minutos.

Una enfermera apareció por la puerta y llamó a mi hijo por su nombre. Lo revisó y tras observarlo me miró con firmeza y me dijo: “No creo que pueda irse ahora…”,  y me adelantó: “Voy a hablar con la doctora”. A los pocos minutos la facultativa lee el informe, lo revisa y me informa que “lo vamos a internar unas horas, para evaluarlo y recuperarlo”.

Pasaron menos de 15 minutos desde la primera conversación hasta que el niño estaba con su suero en una sala, llamémosle de pre internación. Recuperándose.

 Estuvo unas 8 horas con suero, permanentemente controlado y “mimado”.

Mientras se recuperaba, otros niños y bebés con distintas dolencias pasaban por la guardia con el mismo trato dispensado a mi hijo.

Cerca de las 21:00 le dieron el alta al pequeño. “Puede irse con su hijo, ya está bien, cualquier inconveniente vuelva…”. Mi felicidad fue enorme y por eso pedí los nombres de esos héroes anónimos que las 24 horas del día están al servicio de la vida: Doctores Ariel Tessi; Fernanda Echazú y enfermeras Miriam Sánchez y Karina Petricio. Gracias.

Nunca mezclé o confundí la vida personal con la profesional. Pero sentí la necesidad y responsabilidad de contar públicamente una experiencia, que, entiendo, sucede más a menudo de lo que creemos.

El diagnóstico, fue una intoxicación alimentaria.

YM

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